Viajes
DESIERTOS
He atravesado Atacama en solitario, desde el oasis de San Pedro de Atacama hasta el océano Pacífico, durante quince días. Desde entonces vuelvo a los desiertos siempre que puedo. He caminado durante días, a menudo acompañado de animales, por los mares de dunas del Sáhara y Wadi Rum (Jordania). He recorrido solo el Salar Uyuni en Bolivia y el Altiplano (Perú), (tirando de una carreta todoterreno especialmente diseñada para esta expedición. La llamé Lut. Lut es un desierto de Irán que pretendo recorrer algún día.
El desierto está limpio. Allí nada perturba el viaje de la luz. No hay mucho que se interponga en la línea de visión y las cosas recuperan su claridad. Después de muchos días, el cuerpo está agotado, así que los pensamientos se desvanecen poco a poco. El desierto despoja rápidamente de las máscaras. Me salgo de todos los roles sociales. Soy un ser humano. Solo así uno puede apreciar el espectáculo del cielo nocturno del desierto, cielo que aplasta. Lo vi por primera vez sobre Atacama. Había más luz de estrellas que la negrura del espacio.
Todo empezó mucho antes, junto a mi casa familiar, en el desierto Błędowska (Polonia), el único de Europa Central con dunas y arenas volátiles. El desierto inspira constantemente mi obra, mis textos de viajes, como aquella primera vez, cuando escribí mi libro “Sin” y hablaba de infertilidad.
He atravesado Atacama en solitario, desde el oasis de San Pedro de Atacama hasta el océano Pacífico, durante quince días. Desde entonces vuelvo a los desiertos siempre que puedo. He caminado durante días, a menudo acompañado de animales, por los mares de dunas del Sáhara y Wadi Rum (Jordania). He recorrido solo el Salar Uyuni en Bolivia y el Altiplano (Perú), (tirando de una carreta todoterreno especialmente diseñada para esta expedición. La llamé Lut. Lut es un desierto de Irán que pretendo recorrer algún día.
El desierto está limpio. Allí nada perturba el viaje de la luz. No hay mucho que se interponga en la línea de visión y las cosas recuperan su claridad. Después de muchos días, el cuerpo está agotado, así que los pensamientos se desvanecen poco a poco. El desierto despoja rápidamente de las máscaras. Me salgo de todos los roles sociales. Soy un ser humano. Solo así uno puede apreciar el espectáculo del cielo nocturno del desierto, cielo que aplasta. Lo vi por primera vez sobre Atacama. Había más luz de estrellas que la negrura del espacio.
Todo empezó mucho antes, junto a mi casa familiar, en el desierto Błędowska (Polonia), el único de Europa Central con dunas y arenas volátiles. El desierto inspira constantemente mi obra, mis textos de viajes, como aquella primera vez, cuando escribí mi libro “Sin” y hablaba de infertilidad.
MONTAÑA
He estado en las montañas desde que era niño. Las aprendí en los Montes Tatras polacos. Las primeras lecturas y conversaciones con montañeses, crearon en mi un gran respeto por ellas. Me siento cercano a las tribus que veneran las cumbres sagradas. En 2012, escalé el Himalaya birmano durante un mes. Recibí el galardón Coloso por esta expedición. En 2013, a pie y a lomos de un elefante, atravesé la cordillera de Patkaj, de difícil acceso, en la frontera entre Birmania y la India. Con un grupo de escaladores bolivianos, subí el Chaupi Orco en la sierra de Apolobamba.
He estado en las montañas desde que era niño. Las aprendí en los Montes Tatras polacos. Las primeras lecturas y conversaciones con montañeses, crearon en mi un gran respeto por ellas. Me siento cercano a las tribus que veneran las cumbres sagradas. En 2012, escalé el Himalaya birmano durante un mes. Recibí el galardón Coloso por esta expedición. En 2013, a pie y a lomos de un elefante, atravesé la cordillera de Patkaj, de difícil acceso, en la frontera entre Birmania y la India. Con un grupo de escaladores bolivianos, subí el Chaupi Orco en la sierra de Apolobamba.
También me adentré en la Sierra Nevada de Santa Marta, en Colombia, habitada por los indios kogi. Pasé casi tres semanas en las montañas de Siberia, en los montes Sayanes y Jamar-Dabán. Subí Elbrus y, en solitario, el Damavand, por el lado occidental. Acompañé a un grupo internacional de arqueólogos en las montañas Tian Shan de Uzbekistán. Caminé a pie por zonas poco conocidas de la cordillera de Alborz, en Irán. Recorrí en bicicleta las montañas de Bosnia desde Sarajevo hasta Dubrovnik. Remonté en un barco pontón, en solitario, el río Chusovaya en los Urales. Practico escalada en las rocas cerca de mi casa, en las montañas polacas del Jura, llenas de cerros calcáreos.
También me adentré en la Sierra Nevada de Santa Marta, en Colombia, habitada por los indios kogi. Pasé casi tres semanas en las montañas de Siberia, en los montes Sayanes y Jamar-Dabán. Subí Elbrus y, en solitario, el Damavand, por el lado occidental. Acompañé a un grupo internacional de arqueólogos en las montañas Tian Shan de Uzbekistán. Caminé a pie por zonas poco conocidas de la cordillera de Alborz, en Irán. Recorrí en bicicleta las montañas de Bosnia desde Sarajevo hasta Dubrovnik. Remonté en un barco pontón, en solitario, el río Chusovaya en los Urales. Practico escalada en las rocas cerca de mi casa, en las montañas polacas del Jura, llenas de cerros calcáreos.
Las montañas me fascinan porque se resisten al lenguaje. Una roca, hecha de miles de pliegues aparentemente repetitivos, no se somete a las palabras. Se acerca más al lenguaje de las matemáticas, que va mucho más allá de la imaginación. La roca fomenta una racionalidad y una disciplina que a menudo faltan abajo. Las montañas forman una masa enorme y siempre me recuerdan que hay algo mucho más grande que nosotros. La imagen de una materia tan abrumadora me sorprende constantemente y me hace preguntarme cómo se consiguió crearla.
Las montañas me fascinan porque se resisten al lenguaje. Una roca, hecha de miles de pliegues aparentemente repetitivos, no se somete a las palabras. Se acerca más al lenguaje de las matemáticas, que va mucho más allá de la imaginación. La roca fomenta una racionalidad y una disciplina que a menudo faltan abajo. Las montañas forman una masa enorme y siempre me recuerdan que hay algo mucho más grande que nosotros. La imagen de una materia tan abrumadora me sorprende constantemente y me hace preguntarme cómo se consiguió crearla.
BOSQUES
En 2008, coorganicé y dirigí una expedición de dos meses a Gabón, en África Central. Junto con un grupo de pigmeos Baka, recorrí la selva salvaje de Minkébé, hasta entonces inexplorada. El viaje, auspiciado por WWF Gabón, había recibido previamente una recomendación escrita de la Royal Geographical Society de Londres. Posteriormente fue reconocida en la categoría de hazaña del año con el premio “Coloso” y el Traveller National Geographic. Durante este arriesgado viaje, vivimos encuentros cercanos con animales salvajes en varias ocasiones, algunas veces tuvimos que escapar de los elefantes. He descrito este viaje, entre otros, en «La casa de los padres», y antes, en el reportaje «Mukongo» (en la colección «Sur»).
Mi experiencia viene también de Malasia, donde pasé una semana en la selva Taman Negara, escalando el Gunung Tahan. Me adentré en solitario en los Montes Cardamomo de Camboya, donde me perdí en compañía de dos lugareños. Pasamos la noche sin refugio, una experiencia que describo en La linde. También atravesé la Cordillera Annamita en Laos, llegando hasta el lago Nong Fa.
El bosque es la casa primaria. Me enseña lo que es biológico en mí. Apoya al cuerpo. Me aconseja a no sobrevalorar la mente. Lo recorro de día y de noche. Vivo cerca de un gran bosque al que voy a recoger setas y hierbas.
En 2008, coorganicé y dirigí una expedición de dos meses a Gabón, en África Central. Junto con un grupo de pigmeos Baka, recorrí la selva salvaje de Minkébé, hasta entonces inexplorada. El viaje, auspiciado por WWF Gabón, había recibido previamente una recomendación escrita de la Royal Geographical Society de Londres. Posteriormente fue reconocida en la categoría de hazaña del año con el premio “Coloso” y el Traveller National Geographic. Durante este arriesgado viaje, vivimos encuentros cercanos con animales salvajes en varias ocasiones, algunas veces tuvimos que escapar de los elefantes. He descrito este viaje, entre otros, en «La casa de los padres», y antes, en el reportaje «Mukongo» (en la colección «Sur»).
Mi experiencia viene también de Malasia, donde pasé una semana en la selva Taman Negara, escalando el Gunung Tahan. Me adentré en solitario en los Montes Cardamomo de Camboya, donde me perdí en compañía de dos lugareños. Pasamos la noche sin refugio, una experiencia que describo en La linde. También atravesé la Cordillera Annamita en Laos, llegando hasta el lago Nong Fa.
El bosque es la casa primaria. Me enseña lo que es biológico en mí. Apoya al cuerpo. Me aconseja a no sobrevalorar la mente. Lo recorro de día y de noche. Vivo cerca de un gran bosque al que voy a recoger setas y hierbas.
CIELO
Un verano, en la aldea de Zubrzyca Górna, en Polonia, un hombre mayor me dijo que iríamos a Babia Góra para ver el amanecer. Tardamos muchas horas nocturnas en llegar. La cresta de Babia parecía un arado clavado en el cielo. Era la noche de las Perseidas.
Un verano, en la aldea de Zubrzyca Górna, en Polonia, un hombre mayor me dijo que iríamos a Babia Góra para ver el amanecer. Tardamos muchas horas nocturnas en llegar. La cresta de Babia parecía un arado clavado en el cielo. Era la noche de las Perseidas.
Desde aquel día siempre acampo a cielo abierto. La mente asimila entonces, con resistencia, el hecho de que está viendo el infinito real, y que hay un punto a lo lejos en el que se rompen las leyes conocidas de la física. Tras horas de observación, acaba por aceptar el espacio cósmico cercano a la ficción. Percibe la Tierra como un cuerpo sólido y el milagro de su suspensión.
Desde aquel día siempre acampo a cielo abierto. La mente asimila entonces, con resistencia, el hecho de que está viendo el infinito real, y que hay un punto a lo lejos en el que se rompen las leyes conocidas de la física. Tras horas de observación, acaba por aceptar el espacio cósmico cercano a la ficción. Percibe la Tierra como un cuerpo sólido y el milagro de su suspensión.
El cielo fue un elemento importante para el hombre prehistórico. Sin conocimientos astronómicos, las andanzas del Homo sapiens habrían sido una comedia de coincidencias. Hoy, en la época de posverdades, el cielo vuelve a parecerme cada vez más el único punto de referencia seguro. Me intriga la distopía en la que la gente pierde el don de distinguir la verdad de la falsedad. Actualmente estoy trabajando en una película dedicada a este tema, así como en el Space art, el arte de visualizar el Cosmos.
El cielo fue un elemento importante para el hombre prehistórico. Sin conocimientos astronómicos, las andanzas del Homo sapiens habrían sido una comedia de coincidencias. Hoy, en la época de posverdades, el cielo vuelve a parecerme cada vez más el único punto de referencia seguro. Me intriga la distopía en la que la gente pierde el don de distinguir la verdad de la falsedad. Actualmente estoy trabajando en una película dedicada a este tema, así como en el Space art, el arte de visualizar el Cosmos.